| |
Las
Minas de Aroa
En
el pórtico del Parque
Bolivariano Minas de Aroa, se ubica una valla
inscrita con la declaración que hace Nuestro Libertador el 10 de
diciembre de 1830, pocos días antes de su muerte: “... No poseo más
bienes que las minas de Aroa...”, este lugar es puesto en servicio como
parque el 19 de agosto de 1977. Cuenta con una extensión total de nueve
mil (9000) hectáreas y solo catorce (14), han sido desarrolladas para el
turismo y la recreación, con la edificación de vestuarios, sanitarios y
otras comodidades. El Parque cuenta con la presencia del río Aroa, en
cuyos posos disfrutan los bañistas.
Los
visitantes deben dejar su vehículo en el estacionamiento de la entrada y
prepararse para una caminata de tres (3) kilómetros, si se desea conocer
todas las estructuras allí establecidas desde tiempos remotos, cabe
recordar que la explotación de “Las Minas de Aroa” se lleva a cabo
desde el siglo XVII (17).
Aunque
se hace recomendable escoger una hora en la que el sol no sea muy intenso,
este recorrido cuenta con la
sombra de numerosas especies de arboles, como por ejemplo: aguacate, limón,
naranja, guanábana, guayaba, samán, guácimo y caucho. Uno de los puntos
más interesantes, es lo común que se hace encontrar vestigios de la
antigua red ferroviaria, por la que atravesaba el Ferrocarril Bolívar,
destinado a cubrir la ruta Tucacas – Aroa, para transportar el producto
de las minas de cobre.
La
caminata es acompañada por la presencia en determinados puntos de tres áreas
transformadas en museo: el ecológico, el artístico y el tecnológico en
ellos se aprecia tanto la maquinaria como los espacios, que utilizaron los
trabajadores de las minas para procesar y transportar el cobre e
igualmente hermosas esculturas tridimensionales.
El
recorrido lleva a un área que servía de residencia a los ingenieros, topógrafos
y expertos que trabajaron en las minas, actualmente funciona como refugio
para el visitante y se puede pernoctar allí, por el módico precio la noche.
Cerca
de esta zona, se encuentra el río y algunas bocas de mina, con sus
carros. Si el visitante cierra los ojos y abre un poco su imaginación,
podrá transportarse a otras épocas y escuchar junto al rugir de las
aguas los trabajos de la mina y de la gente que allí encontró su
historia.
Fuente: Martín
Amado Martínez M
|
|